Santa Sofía, el templo consagrado a la sagrada sabiduría de Dios, es de aquella clase de obras, sublimes, que trascienden las fronteras de las civilizaciones y se convierten definitivamente en maravillas arquitectónicas patrimonio de toda la humanidad. La prueba radica en su propia historia; construida como emblema de la cristiandad medieval, pasó luego, tras la conquista de la ciudad por los turcos (1453), a ser modelo a imitar de las mezquitas musulmanas, para finalmente desde 1935, ser un museo viviente, símbolo de la moderna Estambul.

 

En la imagen, vista general de Estambul, donde resalta Santa Sofía.

 

En la imagen, vista exterior del museo de Santa Sofía, Estambul. 

La historia de Santa Sofía, se remonta a las épocas donde imperaba Constancio II (337-361), (hijo del emperador Constantino I, el Grande), el cual mandó a construir una gran iglesia sobre las ruinas de un antiguo templo pagano en Constantinopla. La construcción fue consagrada en el año 360 de nuestra era, en el actual emplazamiento de Santa Sofía. A esta primitiva construcción se la conocía con el nombre de “Megale Eklessia” (significa Gran Iglesia), dada su grandiosidad y, por ser, probablemente, las más grande de la ciudad. Sobre los comienzos de su denominación como Sofía (sabiduría) son dudosos, pero se cree que fue desde no mucho tiempo después de su fundación.

Este primer edificio, sin embargo fue destruido, durante el año 403, por los enfurecidos seguidores de San Juan Crisóstomo, carismático Patriarca de Constantinopla y Padre de la Iglesia (398-403), quien fue destituido de la silla patriarcal, ese mismo año, en el marco del “Sínodo de la Encina” organizado por sus detractores.

El emperador oriental Teodosio II (408-450) fue el encargado de levantar nuevamente el templo. Las tareas de reconstrucción estuvieron a cargo del arquitecto Rufino. Fue inaugurada para el culto el día 10 de Octubre del 416. Aún pueden verse algunos restos de este segundo templo de Teodosio.

Este templo, sin embargo, fue nuevamente destruido e incendiado completamente por la violenta turba popular, que inició la sedición conocida con el nombre de “Nika”. Una vez sofocada la revuelta, en el año 532, el emperador Justiniano mandó a levantar nuevamente el templo, sin reparar en gasto alguno, dando como resultado la gran gloria arquitectónica que podemos disfrutar hoy en día (aunque tuvo importantes reformas posteriores). Para su edificación, el emperador, se valió de los más afamados arquitectos de su época, los maestros constructores Antemio de Tralles e Isidoro de Mileto. Las obras comenzaron el 26 de Febrero del 532 y finalizaron en la navidad del año 537. Ante la vista de la monumental iglesia terminada, se nos dice que el propio Justiniano emocionado, exclamó: “Salomón, te he vencido”. La rapidez en los trabajos de construcción se debía a la gran cantidad de obreros empleados incesantemente en la obra. Se cree que más de 100.000 obreros fueron empleados. Otro factor  que favoreció la celeridad constructiva, sin dudas, fue la amplia financiación de la que disponía el emprendimiento; Justiniano solicitaba constantemente a las provincias que le facilitares, materiales, mármoles y dinero para su edificación. Se nos cuenta que tesoros inmensos fueron invertidos sin miramiento alguno. De todos modos, la gran velocidad en la finalización de las obras del mayor templo cristiano del orbe pareció milagrosa a los habitantes de Bizancio.

Varios testimonios de la época y posteriores nos dan un claro panorama de la grandiosidad y magnificencia de la obra. El historiador Procopio en su libro sobre los edificios de Justiniano, nos refiere que la iglesia se ha «convertido en un espectáculo lleno de belleza, sobrenatural para los que la contemplan e increíble del todo para los que la conocen de oídas». En otro pasaje de la obra nos relata que la luz, trascendental en la construcción de Santa Sofía, no proviene de la luz solar de fuera, sino que la iluminación en connatural en ella. Al mencionar esta alegoría deja una clara sensación a su lector de que en ella habita verdaderamente el espíritu de Dios que brilla con luz propia. Por último nos comenta

«Toda la techumbre está cubierta de oro auténtico, con lo que une fama a la belleza; sin em­bargo, el brillo que se desprende de las piedras supera resplandeciente, en marcada oposición, al oro».

 

En la imagen, altar del museo de Santa Sofía, Estambul.

 

El edifico es de planta cuadrada. La gran innovación arquitectónica de Santa Sofía fue la de apoyar su inmensa cúpula central (de 32,6 metros de diámetro y  55 m de altura), sobre un sistema de cuatro pechinas (triángulos esféricos), que la sostienen conjuntamente con los pilares de la planta cuadrada y las dos grandes semicúpulas laterales, las cuales a la vez se sustentan en otras cúpulas periféricas y contrafuertes que trasladan los esfuerzos las naves laterales de la construcción. Esta innovadora disposición, en toda la estructura parece contribuir a sustentar la cúpula central, produjo una verdadera revolución arquitectónica en la historia de la humanidad.

En su interior se aprecia un excepcional trabajo de aprovechamiento de la luz natural, que entra magistralmente a través de las 40 ventanas dispuestas circularmente en la base de la gran cúpula central.

El interior remataba con una serie de conmovedores mosaicos dorados, que concluían de dar un toque esplendoroso y paradisíaco a todo el conjunto arquitectónico, que se representaba lleno de luz, color y vida.

En la imagen, mosaico bizantino de la virgen con el niño, interior del museo de Santa Sofía, Estambul.

 

Un excepcional testimonio, sobre el templo, nos los brinda  Pablo Silenciario, poeta bizantino del siglo VI, el cual nos asegura en su obra titulada, Descripción de Santa Sofía, que  «Elevándose sobre el espacio inconmensurable está el yelmo redondeado en todos los lados como una esfera, y que, radiante como los cielos, cubre el techo de la iglesia». En otro pasaje, de su obra, nos refiere que una espléndida ornamentación de mosaicos dorados «Tal ornamentación envuelve la iglesia maravillosa. Es como si miraras al sol del mediodía en primavera, cuando dora las cimas de las montañas».

Santa Sofía, tras su magnífica construcción por parte de Justiniano, tuvo que pasar sucesivamente por diversas reconstrucciones, a lo largo de los siglos, debido a terremotos y sucesos políticos que deterioraron, en parte, su fachada. Sin embargo, todas las tareas de mantenimiento posteriores procuraron mantenerse fieles a la estructura original Justiniana. 

En la imagen, interior museo de Santa Sofía, Estambul.

 

La enorme influencia ejercida como templo espiritual podría quedar sintetizada con la simpática anécdota que protagonizaron los enviados del Príncipe de Kiev, Vladimir I a finales del s. X. Se cuenta, en efecto, que el Príncipe pagano de Kiev, Vladimir I (que reinaba un territorio cuyos límites se extendían en gran parte de la Rusia europea actual) sintió que había llegado el momento de dejar las antiguas creencias paganas y adoptar, para él y su pueblo, alguna de las grandes religiones monoteístas. Indeciso sobre cual de todas ellas era la más conveniente, envió emisarios a que inspeccionaran con sus propios ojos a los principales centros espirituales de cada una de ellas. Desechados rápidamente el judaísmo, y el islamismo, finalmente quedó únicamente el cristianismo. Dentro de las celebraciones cristianas, había, dos tradiciones: el rito de Roma (latino), o el rito de Bizancio (griego). Para ello, ordenó a sus embajadores que viajen a presenciar una misa romana, en el imperio alemán católico, y una ceremonia religiosa bizantina en Constantinopla. Cuando volvieron le describieron que en la Iglesia latina nada habían visto digno de mención, en cambio, en la iglesia de Bizancio « No sabíamos si estábamos en el cielo o en la tierra. Pues en la tierra no hay un esplendor semejante ni belleza parecida, y no encontramos palabras adecuadas para describir tanta magnificencia. Lo que sabemos es que aquella definitivamente es la morada de Dios». Vladimir se convirtió al cristianismo de rito griego (bizantino). Esta acción constituyó el primer paso, de lo que constituyó la enorme influencia cultural bizantina sobre el pueblo ruso, con todas las implicancias que generó en el futuro a dicha nación.

 

En la imagen, interior museo de Santa Sofía, Estambul.

 

La historia del templo transcurre sin grandes sobresaltos hasta el fatídico lunes 12 de Abril de 1204. A la mañana, el ejercito de la IV cruzada, enviado desde diversas naciones del occidente europeo con destino a Tierra Santa para combatir a las tropas musulmanas, se desvía inesperadamente, conquistando y saqueando brutalmente por primera vez desde su fundación, a la ciudad de Constantinopla. Nada quedó a salvo, ni siquiera el sagrado templo cristiano. Un cronista ruso, contemporáneo a los sucesos, nos relata que invadieron Santa Sofía, y utilizando las puertas del templo que habían arrancado, destruyeron el púlpito sacerdotal. Arrebataron también la magnífica mesa engalanada con gemas y grandes perlas. Luego-continúa relatando el cronista- destrozaron cuarenta cálices que estaban en el altar y vasos argénteos usados por los bizantinos los días festivos. Por último- nos comenta el ruso- se llevaron el Evangelio que se empleaba en la liturgia cotidiana, así como también, algunas cruces ricamente adornadas e iconos de singular belleza.

 

En la imagen, puerta imperial bizantina del museo de Santa Sofía, Estambul.

 

Tras el brutal saqueo, el templo nunca pudo recuperarse totalmente. Su historia daría un giro inesperado el día martes 29 de Mayo de 1453. Ese día Constantinopla caía en manos de los turcos Otomanos, liderados por Mehmet II Fatih (el conquistador), la gran iglesia cristiana se trasformaba casi de manera inmediata en mezquita musulmana. Se le hicieron las transformaciones pertinentes para que fuera funcional a la nueva fe. En primer lugar se reemplazaron los mosaicos cristianos, por bellos motivos geométricos, y  cuidada caligrafía con frases del Corán (el libro sagrado del Islam). Se dotó a la construcción de algunos elementos característicos de la arquitectura religiosa musulmana; se construyó un mihrab señalando la dirección de la Kaaba, en la Meca. También se edificó en una de las esquinas del templo un minarete (torres que se encuentran junto a las mezquitas, desde donde se llama a los fieles a cada una de las oraciones diarias), por último se construyó, en la parte delantera del edificio, una madraza (escuela de teología coránica) con patio y cisterna. Luego se construyeron 3 minaretes más; el primero en el siglo XV, y los dos últimos en el siglo XVI levantados por el celebre arquitecto turco, de origen griego, Sinan.

Tres siglos después, Santa Sofía, es objeto de una gran restauración ordenada por el reformador Sultán Otomano Abdülmecid I, quién entre los años 1847 a 1849 comisiona a los arquitectos y hermanos, suizos, Gaspare y Trajano Fossati para restaurar completamente el templo.

En la imagen, mihrab otomano del interior del museo de Santa Sofía, Estambul.

 

Finalmente, al fundarse la república de Turquía el 29 de Octubre de 1923, la mezquita experimenta una importante y definitiva trasformación. El padre de la patria turco, y primer presidente de Turquía, Mustafa Kemal Atatürk, ordenó cerrar la mezquita en 1934. Tras una completa y costosa restauración del edificio, redescubrió alguno de los mosaicos bizantinos, transformando el complejo en un museo pluricultural, testigo de la historia cristiano-bizantina y turco-musulmana. El museo fue inaugurado oficialmente en Febrero de 1935. Su nombre oficial, actualmente, es Ayasofya Müzesi.

En la imagen, mosaico bizantino descubierto,  interior del museo de Santa Sofía, Estambul.

 

Santa Sofía, libro de historia viviente; ha visto nacer y morir a los más poderosos y sabios de los hombres; también ha contemplado, impávida, el esplendor y el ocaso de grandes civilizaciones; pero fiel a su advocación primera (la sagrada sabiduría), se ha mantenido erguida y firme durante más de 1500 años para dar testimonio valedero a todos los hombres que se perdieron extasiados en el interior de su mágica fachada. Sus cúpulas eternas nos cuentan que los reyes de este mundo y sus obras sucumbieron ante la muerte y el olvido; la infinita y ecuménica sabiduría divina, en cambio, trasciende los tiempos y permanece en lo alto para siempre.

 

En la imagen, cúpula central,  interior del museo de Santa Sofía, Estambul.

 

 

Bibliografía (en orden alfabético por autor)

 

CAMERON, Avreil. The mediterranean world in late antiquity ad 395-600. Londres, Routledge, 1993.

 

KRAUTHEIMER, R., Arquitectura paleocristiana y bizantina, Ediciones Cátedra, Madrid, 1984.

 

PABLO SILENCIARIO. Descriptio S. Sophiae et Ambonis. Bonn, ed. I. Bekker, 1837.

 

PROCOPIO DE CESAREA. Historia de las guerras (guerra persa I - II). Introducción, traducción y notas de Francisco A. García Romero. Madrid, Gredos, 2000.

 

PROCOPIO DE CESAREA. Los edificios. Introducción, traducción y notas de M. Periago Lorente. Murcia, 2003.

 

RUNCIMAN, Steven. La caída de Constantinopla. Colección Austral. Espasa-Calpe, Madrid, 1973.

 

RUNCIMAN, Steven. Bizancio. Estilo y Civilización. Bilbao, Xarait Ediciones,1988. 

 

 

 

 

 

 

Comentarios (3)Add Comment
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Jubilado
escrito por Gonzalo Suarez , agosto 05, 2011
Me interesa de sobremanera la Edad Media por los grandes acontecimientos y por consierarla base de muchos fenomenos posteriores, o simplemente por su riqueza
intelectual y espritual
Saludos
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escrito por michael kors outlet sale , junio 14, 2013
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